por Jacobo de Arce

Benjamin Clementine

Cuerpo y alma

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dicen que entre el público de La Mar de Músicas pocas veces se habían escuchado tantos suspiros. Fue hace solo algunas noches: la figura de Benjamin Clementine, piel oscurísima de origen ghanés, cuerpo de dios griego y una de las voces más contundentes del pop reciente, se recortaba contra las ruinas de la catedral cartagenera. Como un Antony (sin the Johnsons) viril y apolíneo, solo ante su piano, las canciones de este seductor innato sonaban tan desnudas como sus pies descalzos. Cuentan que a más de una se le escapó una lágrima.  

 

 

 

 

 

Como a todo héroe, una leyenda persigue a Clementine: la del joven londinense que, huyendo de la incomprensión familiar y de algunos problemas con su compañero de piso, acaba en París y malvive casi cuatro años tocando en el metro y durmiendo una noche en la calle, otra en una pensión y la siguiente en el sofá de algún amigo nuevo y generoso. Así hasta que, como tantas veces ha sucedido, un productor musical se cruza con él en un andén. El flechazo es inmediato y el cantante enterrado vuelve a la superficie, a pisar el pavé parisino y a la luz de un mundo siempre ávido de carne fresca que echar a los blogs y a las revistas de tendencias. Las primeras actuaciones en cafés y pequeños festivales no tardan en llegar.

Benjamin Clementine
Benjamine Clementine

 

 

 

Desde entonces, de vuelta en Londres y con apenas un puñado de canciones (todavía no tiene ni álbum publicado), Benjamin Clementine ya ha cumplido con algunos de los requisitos que exigen el prestigio y la celebridad. Ha llenado páginas de El País, el Telegraph o Le Monde, se le ha visto en el show de Jools Holland en la BBC, lo más parecido a una biblia de la música en televisión, y hasta ha tocado en una pasarela de moda: en el último desfile masculino de Burberry Prorsum muchos se preguntaban quién era el tipo del piano al que el abrigo, sin nada debajo, le quedaba mejor que a los modelos. La moda le quiere, y él se deja: durante sus años de estiloso clochard en Paris, el músico callejero ya trabajó puntualmente como maniquí. 

Benjamine Clementine

 

 

 

No llamen soulman a Benjamin Clementine: acaso lo harían si fuese blanco, les preguntará él. El de este músico, al que de niño le prohibieron los profanos sonidos del rock en casa y que se aficionó al piano escuchando a Erik Satie, es otro caso de cantautor herido con una potente artillería emocional. De esos capaces de involucrar al público en sus dramas -la soledad, la familia, el amor… cuáles si no- y conseguir que de sus conciertos se salga placenteramente destrozado. Como sus admirados Aznavour o Leo Ferré, referentes sagrados de este francófilo artista británico con corazón roto y alma teatral. Ahora habrá que ver si la promesa se acaba cumpliendo, porque entre el astro refulgente y la estrella fugaz no media más que un suspiro. El mismo que él ya está provocando en su público.

 

TEXTO:Jacobo de Arce